El territorio también se come

Especias envasadas al vacío.

Últimamente estoy intentando desplazar también mi propia manera de hablar del desplazamiento. Durante bastante tiempo, parte de mi trabajo ha mirado hacia la migración, la desaparición y la muerte desde el territorio, el archivo, la estadística o los materiales encontrados y transformados. Sin abandonar esas herramientas, empiezo a preguntarme qué ocurre cuando dejamos de mirar únicamente el lugar donde alguien desaparece y comenzamos a observar aquello que una persona consigue llevar consigo, incluso cuando aparentemente no lleva nada.

El territorio también puede viajar dentro del cuerpo. Un olor, un sabor, una receta aprendida o la proporción casi inconsciente entre dos ingredientes pueden sobrevivir a una frontera, recorrer miles de kilómetros y permanecer durante varias generaciones. Me interesa esa memoria doméstica porque permite aproximarse al desplazamiento desde otro lugar, no necesariamente desde su representación directa, sino desde las huellas aparentemente insignificantes que persisten después de abandonar un territorio. Esta exploración me está llevando también a reconsiderar los procedimientos con los que construyo las imágenes, porque cocinar, calentar, impregnar, erosionar, conservar, envolver o trabajar con los residuos de esos procesos pueden convertirse en operaciones plásticas. La materia deja entonces de ilustrar el fenómeno y comienza a participar en su construcción conceptual.

No es un territorio sin precedentes. Rirkrit Tiravanija convirtió la preparación y el acto de compartir comida en un espacio social y político, mientras Michael Rakowitz ha trabajado con recetas, desplazamiento, memoria familiar e historia política desde su relación con la diáspora iraquí. Desde otro lugar, Mona Hatoum ha transformado objetos asociados al hogar y a la vida cotidiana en dispositivos atravesados por el exilio, la vulnerabilidad y la violencia, y Doris Salcedo ha demostrado hasta qué punto un objeto ordinario puede contener una ausencia sin necesidad de representar el cuerpo desaparecido. Me interesan estos desplazamientos porque permiten que la cuestión política abandone momentáneamente la imagen del acontecimiento y aparezca en sus restos, sus objetos, sus gestos y sus consecuencias.

En estas nuevas pruebas estoy trabajando con materiales extremadamente elementales como harina, levadura, grasas, especias, residuos, superficies industriales, calor y plástico. Son materias domésticas que, sometidas a determinados procesos, pierden progresivamente su función original y adquieren otra condición. No me interesa representar una patera, una frontera o un cuerpo para hablar necesariamente de migración, del mismo modo que tampoco creo que la precariedad, la desaparición o la muerte tengan que convertirse siempre en imagen para hacerse presentes.

Estoy buscando qué puede quedar cuando retiramos esa representación explícita y prestamos atención a otras formas de persistencia. Porque desplazarse no significa únicamente cambiar de territorio. También implica recordar, reconstruir, adaptar o sustituir aquello que dejamos atrás, y descubrir que determinados lugares pueden continuar existiendo mucho tiempo después de haberlos abandonado. Algunas veces, incluso, un territorio entero puede persistir en algo tan pequeño y aparentemente cotidiano como un sabor.