Durante los últimos meses, la geotanatología ha dejado de ser únicamente una intuición conceptual y ha adquirido una estructura metodológica más precisa. Intento aplicarla a mi investigación y a mi producción artística, no como una explicación curatorial añadida después de terminar las obras, sino como un aparato que determina qué investigo, cómo me sitúo ante los hechos, qué materiales utilizo y qué límites éticos no debería cruzar.
Este proceso parte de una convicción que puede parecer utópica. En el mundo que habitamos, me resulta difícil concebir una práctica artística dedicada exclusivamente a uno mismo. No pienso que toda obra deba convertirse en una consigna política ni que el artista pueda sustituir al investigador, al activista o a quien trabaja directamente sobre el terreno. Sin embargo, después de haber visto cómo el río Bravo, el canal de la Florida y el Mediterráneo se transforman en cementerios líquidos, refugiarme únicamente en la expresión personal me parecería una forma de ceguera voluntaria.
Estas geografías suelen entrar en la conciencia pública cuando ocurre una tragedia de proporciones suficientemente espectaculares. Durante unos días aparecen los titulares, las imágenes, las cifras y las declaraciones institucionales. Después, el agua recupera su apariencia de paisaje, frontera o destino turístico, aunque las muertes continúen casi todos los días y la mayoría de las personas desaparecidas nunca llegue a ser identificada.
La geotanatología nace de mi imposibilidad de aceptar esa normalización. No estudia solamente dónde mueren las personas migrantes, sino cómo el territorio participa en la producción, el ocultamiento y el significado de esas muertes. El mar, el río, el desierto o la selva no son escenarios inocentes. Pueden ser convertidos en tecnologías fronterizas que dispersan cuerpos, borran evidencias y permiten que la responsabilidad política se confunda con una supuesta fatalidad natural.
Mi método se desarrolla mediante tres movimientos inseparables. La cartografía forense reúne coordenadas, trayectorias, corrientes, imágenes, archivos institucionales y datos sobre desapariciones. El análisis político y visual examina los protocolos, las omisiones y las narrativas que convierten decisiones humanas en accidentes inevitables. La restitución poética se pregunta qué puede hacer el arte con esa verdad cuando el informe, la estadística o el expediente han agotado su capacidad de producir atención.
La obra no aparece entonces para ilustrar una investigación previa, sino para continuarla mediante otros lenguajes. Una coordenada puede convertirse en lugar de duelo, un mapa puede funcionar como epitafio y una cifra puede recuperar algo de la presencia humana que perdió al entrar en una base de datos. La forma artística no reemplaza la evidencia, pero puede impedir que esa evidencia termine convertida en archivo muerto.
Este enfoque también me obliga a reconocer mi propia posición. Mi experiencia migratoria no me concede el derecho a hablar en nombre de otras personas, pero me impide fingir una neutralidad que no tengo. La geotanatología es autoetnográfica porque asume que quien investiga también está implicado en aquello que observa. Esa implicación no garantiza una mirada correcta, pero obliga a preguntarse constantemente desde dónde se mira, qué se muestra, qué se omite y qué beneficio puede extraerse del dolor de los demás.
Investigar estas muertes exige además resistir el extractivismo artístico. El sufrimiento ajeno no puede convertirse en una cantera de imágenes, símbolos y relatos destinados a alimentar una carrera. Por eso el método debe incluir el consentimiento, la participación de las comunidades cuando existen testimonios directos, el derecho a retirar información y la devolución material o simbólica del conocimiento producido.
También procuro ser honesto respecto a los límites. Una obra no rescata una embarcación, no identifica un cuerpo, no devuelve a una persona desaparecida ni garantiza justicia para su familia. Visibilizar un problema no equivale a resolverlo, y confundir ambas cosas solo alimentaría la grandilocuencia del artista. Sin embargo, sostener la mirada cuando la atención pública se ha retirado tampoco es un gesto inútil. El arte puede interrumpir la costumbre, devolver una pregunta al presente y hacer visible aquello que el paisaje y el lenguaje administrativo han aprendido a ocultar.
Puede parecer que mis investigaciones regresan una y otra vez al mar y a la desaparición. No considero esa recurrencia una falta de temas, sino una forma de insistencia. El asunto vuelve porque la violencia continúa y porque cada proyecto revela una capa distinta de su arquitectura. Prefiero asumir el riesgo de repetirme antes que perseguir la novedad mientras doy la espalda a una realidad que no ha dejado de repetirse.
Desde mi modesta posición, cada investigación intenta llamar la atención de quienes todavía contemplan estas geografías como superficies vacías. Si mi trabajo puede cumplir alguna función, consiste en conseguir que alguien se detenga ante el azul el tiempo suficiente para comprender que detrás del paisaje hay muchas muertes y que la mayoría todavía no tiene nombre.
