Trabajar con una cifra que no deja de moverse

Serie «32.790 y contando»: dibujo de un cuerpo colapsado sobre papel.

Cuando comencé 32.790 (y contando) pensé que el número funcionaría como un punto de partida documental. Poco después comprendí que era también el material más inestable de todo el proyecto. Mientras preparaba las obras, consultaba las fuentes y tomaba decisiones sobre su forma, la cifra seguía aumentando. El título había quedado obsoleto antes de que la serie estuviera terminada.

Aquello cambió mi manera de entender el trabajo. El número dejó de representar una totalidad y se convirtió en la huella de un momento concreto. No decía cuántas personas habían muerto, sino cuántas habían sido registradas cuando yo comencé a mirar. Entre aquella cifra y la que hoy devuelve la base de datos existe un intervalo ocupado por nuevas desapariciones.

Mi primera preocupación había sido cómo trabajar con estas muertes sin convertirlas en otra imagen del sufrimiento ajeno. La historia visual contemporánea está llena de tragedias transformadas en fotografías impecables, capaces de conmovernos durante unos segundos antes de desaparecer bajo la siguiente imagen. No quería añadir otra representación estética de la catástrofe ni embellecer una violencia que ya ha sido observada demasiadas veces desde una distancia confortable.

El agua del Mediterráneo, los antisépticos, el carboncillo y los materiales asociados a la práctica forense aparecieron como una forma de desplazar la obra desde la representación hacia el indicio. Me interesaba que el papel adquiriera algo de cuerpo expuesto, superficie contaminada, resto y evidencia incompleta. No pretendía reconstruir una escena ni simular un documento científico, sino trabajar sobre aquello que permanece cuando la identidad, el relato y, en muchos casos, el propio cuerpo han desaparecido.

El código QR surgió cuando comprendí que una obra estática no podía contener una tragedia que sigue sucediendo. Su función no consiste únicamente en aportar información. Introduce una fractura temporal entre el número fijado en el título y el número vivo del sistema. Cuando alguien realiza esa consulta y descubre que la cifra ha cambiado, la distancia entre ambos datos deja de ser abstracta. Ese incremento está formado por personas que murieron mientras la obra ya existía.

La etiqueta logística apareció después y terminó por revelar otra contradicción. Nuestro sistema económico puede reconstruir con enorme precisión el recorrido de una camiseta, un teléfono o un paquete desde el almacén hasta la puerta de una vivienda. Cada objeto tiene una identidad, una ruta y un destino verificable. Sin embargo, una persona puede atravesar el Mediterráneo, desaparecer y quedar reducida a una estimación. No estamos ante una incapacidad tecnológica, sino ante una jerarquía política de aquello que consideramos digno de ser rastreado.

Incorporar un valor monetario fue la decisión más incómoda. Durante el proceso me pregunté si utilizar el vocabulario del Value of Statistical Life no reproducía precisamente aquello que quería cuestionar. La respuesta apareció al observar que la obscenidad no comenzaba en la obra. Ya estaba presente en un sistema que asigna valores diferentes a vidas de la misma especie según su lugar de nacimiento, su renta o la geografía en la que ocurre su muerte.

El mercado del arte tampoco se encuentra fuera de esa contradicción. Vender una obra construida alrededor de estas desapariciones implica participar en una economía capaz de convertir cualquier conflicto en objeto. Destinar una parte de los ingresos a organizaciones que trabajan en el Mediterráneo introduce una consecuencia material, pero no resuelve el dilema ni ofrece una absolución moral. Prefiero que esa tensión permanezca visible, porque ocultarla habría sido otra forma de comodidad.

Durante este proceso comprendí que no estaba trabajando únicamente con la muerte, sino con la manera en que el territorio participa en su producción, su ocultamiento y su significado. De ahí surgió la geotanatología como marco para pensar una geografía que no actúa como escenario pasivo, sino como dispositivo político.

32.790 no es un monumento a una cifra. Es el registro del instante en que esa cifra comenzó a escapar de la obra. Cada vez que el código QR devuelve un número diferente, el proyecto vuelve al presente y nos obliga a mirar el espacio que se ha abierto entre ambos.

Ese espacio está lleno de personas.