¿Cuánto tarda una ciudad en mirar?

La ruta del oro, Cristobal Colón envuelto en manta térmica de rescate y amarrado con nudos marineros y mapa portulano en la mano.

La Ruta del Oro no es únicamente un proyecto sobre descolonización. También es una intervención sobre el espacio público, sobre la autoridad simbólica de los monumentos, y sobre la capacidad de una ciudad para revisar aquello que ha decidido inmortalizar. Un monumento no es una pieza pasiva de bronce o piedra. Es una forma de narración política instalada en el paisaje cotidiano, una historia que, a fuerza de permanecer, termina pareciendo natural. Intervenirlo temporalmente no significa destruirlo ni negar su existencia, sino interrumpir durante unos días la aparente estabilidad de su relato. A veces es necesario cubrir una imagen para comenzar a ver todo lo que esa imagen ocultaba.

El gesto de envolver objetos y monumentos posee una genealogía artística conocida. En 1920, Man Ray creó El enigma de Isidore Ducasse envolviendo una máquina de coser en una manta militar y atándola con cuerdas. Al ocultar un objeto cotidiano, reconocible y funcional, lo convirtió en una presencia incierta. La máquina dejó de ser una máquina para transformarse en una posibilidad mental. El espectador ya no podía verificar lo que tenía delante y debía recurrir a la imaginación, al deseo, al misterio, y al subconsciente. Man Ray comprendió muy pronto que envolver no consiste solamente en tapar. También puede significar liberar al objeto de su identidad habitual.

Man Ray, L'Enigme d'Isidore Ducasse, de 1920, remade 1972, exhibida en el Museo Tate.
Obra exhibida en el Museo Tate.

Décadas después, Christo y Jeanne-Claude trasladaron esa operación a la escala de la arquitectura, el paisaje, y la política institucional. Wrapped Reichstag, realizado en Berlín en 1995, necesitó veinticuatro años de conversaciones, negativas, negociaciones, y perseverancia antes de recibir autorización. La intervención permaneció instalada durante apenas dos semanas. Fue temporal, completamente reversible, y financiada por los propios artistas mediante la venta de estudios, dibujos, collages, y otros trabajos preparatorios. La espera, los procedimientos administrativos, y el debate parlamentario no fueron elementos externos a la obra. Terminaron formando parte de ella. El Reichstag no fue solamente envuelto en tela. Antes tuvo que atravesar una compleja envoltura política.

De la página de Kunsthaus Artes
Artículo del Kunsthaus ARTES.

En el extremo opuesto de esa paciencia institucional aparece Olek, nombre artístico de Agata Oleksiak. En diciembre de 2010, Olek cubrió durante la noche el célebre Charging Bull de Wall Street con una piel de crochet multicolor. No pidió permiso. La intervención duró aproximadamente dos horas antes de ser retirada. La elección del toro tampoco era inocente. La escultura de Arturo Di Modica había sido instalada originalmente sin autorización, como una acción de guerrilla después de la crisis bursátil de 1987. Olek envolvió, por tanto, una obra nacida en la ilegalidad mediante otra intervención no autorizada. El tejido doméstico, asociado históricamente al trabajo femenino y a los cuidados, ocupó por unas horas uno de los símbolos más agresivos de las finanzas globales. Frente a los veinticuatro años de Christo y Jeanne-Claude, Olek actuó en una noche. Frente al debate parlamentario, utilizó la velocidad, la sorpresa, y la calle.

Del blog Artifactoid de Alexandra Goldman.

Entre esos dos modelos existe una tensión que me interesa especialmente. Uno concibe la negociación institucional como parte constitutiva de la obra. El otro entiende que la urgencia del gesto justifica la ocupación inmediata del espacio público. No creo que uno sea necesariamente más auténtico o más radical que el otro. Ambos revelan algo distinto sobre el poder. Christo y Jeanne-Claude demostraron cuánto tiempo puede tardar una institución en permitir que un símbolo sea transformado. Olek demostró cuánto puede decir una obra antes de que la institución tenga tiempo de impedirlo.

La Ruta del Oro se sitúa dentro de esta genealogía, pero no pretende repetirla. En mi propuesta, la manta térmica dorada no funciona como una superficie ornamental ni como un tejido visualmente neutro. Es un material de emergencia que lleva inscrita una función concreta. Ha sido creado para conservar el calor de cuerpos expuestos, heridos, exhaustos, o rescatados del mar. Su color dorado activa, al mismo tiempo, otra memoria. Remite al oro colonial, a la extracción, al comercio, a la riqueza acumulada, y a las rutas marítimas que conectaron expansión imperial y capital. El mismo material puede hablar de riqueza y de supervivencia, de conquista y de vulnerabilidad, de aquello que Europa extrajo y de aquellos cuerpos que hoy llegan a sus fronteras.

Escultura Barcelona «Hermes», de Frederic Marès, envuelta en manta térmica dorada de rescate, cuerda y nudos marineros.
Escultura Barcelona «Hermes», de Frederic Marès. Una de las esculturas del proyecto.

Las cuerdas y los nudos marineros refuerzan esa relación. No se trata simplemente de envolver un monumento, sino de conectarlo simbólicamente con el mar y con las rutas históricas y contemporáneas que atraviesan Barcelona. El monumento queda protegido, la intervención es reversible, y no permanece ningún residuo sobre su superficie. Sin embargo, su significado ya no puede permanecer intacto. Durante un breve periodo, el héroe de bronce aparece envuelto con el mismo material que recibe una persona después de sobrevivir a una travesía. El oro deja de representar únicamente poder, gloria, y abundancia. También representa frío, frontera, espera, y rescate.

Mi relación con este tema no nace de una observación distante. No me acerco a la inmigración como un voyeur cultural ni como alguien que descubre en el sufrimiento ajeno una imagen conveniente. Durante cerca de tres años viví indocumentado en España. Conocí la incertidumbre administrativa, la fragilidad de no saber qué ocurrirá mañana, y la sensación de existir físicamente en un país sin ocupar todavía un lugar reconocido dentro de él. También puedo decir, con gratitud y sin ingenuidad, que España me acogió, que pude regularizar mi situación, y que aquí conseguí establecerme y reconstruir una vida.

Esa experiencia no me concede el derecho de hablar en nombre de todas las personas migrantes, ni convierte mi biografía en un salvoconducto moral. Sí me impide tratar la migración como una abstracción estética o como una tragedia observada desde una posición cómoda. La Ruta del Oro nace de esa proximidad, pero también de una responsabilidad crítica. No pretende ilustrar la inmigración ni convertir a sus víctimas en espectáculo. Desplaza la mirada hacia los símbolos de poder que organizan el espacio público y pregunta qué ocurre cuando el material asociado al cuerpo vulnerable cubre, temporalmente, el cuerpo monumental.

En septiembre presentaré formalmente la propuesta al Ayuntamiento de Barcelona. Solicitar autorización no es un gesto de docilidad, sino una decisión coherente con el carácter público de la obra. Quiero que la conversación institucional exista, que las condiciones de conservación sean respetadas, y que la ciudad tenga la oportunidad de participar conscientemente en el debate. Sin embargo, la respuesta también formará parte del proyecto. Una autorización revelaría que Barcelona puede someter sus propios símbolos a una lectura crítica sin sentir que los pierde. Una negativa obligaría a preguntarse si aquello que se protege es realmente el patrimonio material o la comodidad política de no alterar su relato.

¿Aceptará el Ayuntamiento de Barcelona que sus monumentos sean cubiertos temporalmente por un material asociado al rescate migratorio? ¿Serán capaces sus responsables de dejar a un lado las diferencias partidistas para abrir un espacio de reflexión sobre la inmigración, la memoria colonial, y el Mediterráneo? ¿Podrá una ciudad revisar sus símbolos sin convertir cada gesto artístico en una batalla identitaria? ¿Me llevará veinticuatro años conseguir el permiso? ¿Tendré que aprender la paciencia de Christo y Jeanne-Claude? ¿O tendré, finalmente, que pasar a la guerrilla para que la obra pueda existir?