Protección divina
Donde la sal no purifica












Doce hojas negras arrancadas de un cuaderno de espiral. Una por cada año transcurrido entre 2014 y 2025. En cada una, tres inscripciones que no dialogan. Se superponen.
Arriba, manuscrito a bolígrafo, el nombre de un santo del calendario cristiano occidental. En el centro, un carácter del alfabeto Ge’ez, la lengua litúrgica de Etiopía y Eritrea que dejó de hablarse hace siglos pero cuya escritura permanece, trazado en acrílico negro brillante sobre el negro mate de la cartulina. Solo visible cuando el cuerpo se inclina buscando la luz. Abajo, estampado con sello mecánico y tinta de sepia extraída del cefalópodo, un número. Los menores de dieciocho años registrados como muertos o desaparecidos en el Mediterráneo ese año.
Una lengua que desapareció y dejó su escritura. Unos niños que desaparecieron y dejaron una cifra. Un mar que devuelve el dato y no el cuerpo.
El santoral no aparece como contraste cultural. Son los mismos santos a los que Occidente ruega e implora, los mismos que dejaron desprotegidos a esos menores. La invocación y el abandono tienen aquí el mismo nombre. El título no miente. Hubo protección divina, pero no para todos.
La serie está construida para no verse. El negro sobre negro obliga a moverse, a buscar el ángulo. Quien mira de frente no ve nada. Es la forma exacta de la indiferencia, y también su condición. Hay que desplazarse para que la herida se vuelva legible.
El gesto final es el arranque. Cada hoja separada del cuaderno con el mismo movimiento con que se descarta la página de un calendario al terminar el día. En un calendario, arrancar significa que el tiempo pasa. Aquí significa que las vidas se descartan y que el año siguiente empieza limpio.
No hay ningún cuerpo en esta serie. No hay rostro, no hay biografía, no hay reconstrucción. Solo la escritura de quien no tiene voz, el nombre de quien debía proteger, y la cifra de lo que no se pudo contar.
Ficha técnica
Serie de doce hojas. Papel negro de cuaderno, 29,3 × 29,3 cm cada una.
Bolígrafo, acrílico y tinta de Sepia officinalis, 2026.